domingo, 16 de febrero de 2014

ESTO TAMBIÉN ES BUENOS AIRES






Sábado a la tarde que empezó soleado y se nubló. Salgo a andar en bicicleta. Me hablaron del bar Tokio, tan en el medio de los barrios que viví que nunca lo noté. Jonte esquina pasaje Tokio. Mesas sobre Jonte, mesas sobre Tokio, todas debajo del toldo de metal. Ato la bici en una de las patas que lo sostiene. Pienso que me van a decir algo, porque la herrería es de calidad. No me dicen nada. Donde termina el toldo, adentrándose en el pasaje, hay una parrillita con restos de carne. Durante un segundo siento que estoy en un pueblo, hasta que a mis espaldas ruge el 109 destino Liniers. En la única mesa ocupada de afuera hay dos tipos tomando una cerveza mezclada con gaseosa de naranja. Hablan con uno que está parado. Le ofrecen sentarse, el tipo dice que no, que tiene que ir a ver un auto, que se metió en la onda de la compra venta. Entro al bar. Mesas y sillas de madera antigua, grandes ventanales a la calle, mosaicos de simetría infinita que deben acentuar la borrachera. Pizarrones que anuncian promociones de cerveza y cornalitos, cerveza y picada, cerveza y cerveza. Esperaba que en la caja registradora haya un gallego, pero hay dos chicas jóvenes. Una es morocha de tez oscura vestida de negro. La otra, pálida de ojos claros, pelo teñido de colorado, camisa blanca, tatuajes grandes en los brazos. Pienso que debe ser brava. Dos mesas ocupadas: en una, dos viejos hablan de seguros contra terceros. En la otra, un pibe estudia. Antes de sentarme recorro las paredes. Banderines de fútbol, trajes de jockeys enmarcados, fotos de un canoso con un jockey, dos fotos de Pappo, una de Maradona autografiada, un par de tangueros, otra de un historietista que parece que era habitué. Un recorte del diario del barrio tras un vidrio, subrayado con resaltador. El bar era de un gallego. “¿Viste?”, me digo como si me habitara otro.  El gallego se enfermó y lo alquiló a un tipo que lo fundió en dos años. Estuvo cerrado y el gallego murió. En 2005, dos vecinos decidieron alquilarlo y reabrirlo manteniendo lo que en la nota llaman “el espíritu”. Voy a la barra y pido un café a la colorada. Al rato me lo trae la morocha. Algo me molesta, algo hace que no quiera sacar el cuaderno para escribir algo, algo que no me dan ganas tampoco de sacar el libro de Palahniuk de la mochila y empezarlo junto al café. La música. Una radio FM a bastante volumen. Seguro fue la colorada. Un viejo bar que suena a supermercado chino. Lindo sería un tango bajito, incluso algo de jazz. El gallego debe estar revolcándose en la tumba. Encima tenemos que escuchar las tandas publicitarias. Termino el café y me voy pedaleando de contramano por el pasaje Tokio. Enfilo para Agronomía. Entro por Avenida San Martín y cuando paso el primer edificio de la facultad, doblo por un senderito de tierra entre pastizales. En una parte el alambrado está caído y puedo pasar a la zona de los caballos, los chanchos y la lagunita de los patos. Veo un pibe que pasa una tranquera y me la juego a lo mismo. Bajo de la bici y con esfuerzo la levanto y la paso del otro lado. Después paso yo. Voy por el pasto lleno de bosta. Esto también es Buenos Aires. Pienso que pinchar ahí sería un garrón, pienso que quiero fumar un cigarrillo, pienso que llego hasta aquél alambrado que pasó el pibe, miro a dónde va y me prendo el cigarrillo, pienso que va a salir un cuidador de algún lado y me va a echar, pienso qué decirle, llego. Una canchita de fútbol. Una docena de pibes pelotean, como esperando a otros para empezar. ¿Y si me llaman porque les falta uno? Atajaría. Fumo el cigarrillo. Lo apago a la mitad porque ya quiero andar de nuevo. Además no me llaman. Ellos se lo pierden: en los picados, el equipo que juega con arquero fijo tiene una gran ventaja. Vuelvo por la bosta. Paso la bici al otro lado de la tranquera y después paso yo. Doy una vuelta más por la zona de los caballos. Una chica los alimenta y les saca fotos con el celular. Salgo por Chorrarín, a la boca del túnel. Me cruzo a ese gran parque atrás del Carrefour, donde era el Albergue Warnes. Durante años fue puro escombro, después removieron y quedó pasto y más pasto. Ahora el Gobierno de la Ciudad puso un cartel que dice “Juegos de Agua” y otro  más allá que dice “Juegos de Vanguardia”. Los dos sectores están cercados, sin inaugurar. Hay bastante gente, casi todas familias bolivianas. Una señora cocina en una sartén sobre un anafe unas bolas de carne. Salgo para el barrio La Isla, cercado por el Cementerio de Chacarita, las vías del Urquiza, el Carrefour y la estación Paternal del San Martín. Vuelve la sensación de pueblo cuando, yendo por Paz Soldán, leo que en la entrada de un almacén dice “hay carbón”. A unos metros, una entrada de garaje abierta y una cartulina que dice “ayudanos a ayudar: feria de ropa”. No hay nadie. Me bajo de la bici y entro. Paso el garaje y llego a un patio. A la izquierda, un galpón. Tres tipos toman mate. Alrededor, mesas llenas de ropa. Saludo desconfiado y me saludan sonrientes. Hay un poster del Papa Francisco. La ropa está clasificada por prendas. Allá los zapatos de mujer, acá los pantalones, más allá un perchero con camperas. Doy vueltas hasta que me decido por dos pantalones de vestir y una camisa. Uno de los pantalones es azul marino. El otro es negro con una tira naranja. Parece de seguridad privada o granadero. La camisa también es naranja, pero de un naranja distinto. Cuando llevo a la mesa las prendas, uno de los tres tipos ya no está. Quedan un tipo mayor, morocho de anteojos y un joven gordo rubio con una remera de no sé qué iglesia. Todo me sale 60 pesos. Lo caro es escucharlos un rato: que son voluntarios de hospitales, que la ropa que no se vende la mandan al Chaco, que si me interesa ser voluntario, que si quiero dejar un teléfono. Dejo un mail y le pido que solo me avisen en caso de hacer otra feria. Cuando les dicto el correo notan que mi apellido es judío y dejan de predicar. El gordo tarda en anotar la venta, porque ya habían cerrado las cuentas del día, entonces tiene que escribir lo mío como si fuera del día siguiente y eso le lleva unos minutos. Ponen mi ropa en una bolsa turquesa, la trabo en la parrilla de la bici y salgo. Bordeo el cementerio, paso por un lava autos donde veo trabajando al borracho que dormía adentro del auto abandonado de mi cuadra. Cruzo la estación Paternal por Trelles y más allá descubro una garita nueva del Ministerio de Seguridad de la Nación. Es una de las entradas de la Villa Lagarto, que ayer vi tan crecida volviendo en tren de Retiro. Es una de las espaldas de la ciudad. Podés estar a media cuadra y no imaginártela. Me para el semáforo de la esquina donde viví de los cinco a los quince años. Agarro la cuadra cortada de Donato Álvarez, donde cruzaba con mi mamá a comprarle a Mario, el almacenero más lento del mundo pero el único de la zona que abría los domingos a la tarde. La fachada está igual, incluso diría con el mismo cartel de quesos de hace más de diez años, pero más arriba hay otro que dice “en venta”. Entrando de contramano por la de casa, lo cruzo a Agustín en su bicicleta. Nos bajamos a saludarnos. Le cuento de la ropa, él me dice que se va a la loma del orto, al cumpleaños de la sobrina. Me gusta su intelectualidad callejera: la última vez que nos vimos había relacionado a Bochini con Sartre. Ya en casa, me pruebo la ropa antes de lavarla. El pantalón de granadero me queda chico, lo otro va bien.         
       

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